Juan Manuel Carpio Heredia “Juanillorro”

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Juan Manuel Carpio Heredia “Juanillorro”
Juan de Dios Ramírez-Heredia

A mi extensa familia gitana
A mis amigos que merecerían serlo
A quienes conocían el arte canastero de mi sobrino “Juanillorro”

Se nos ha ido al cielo a alegrarle la vida a los ángeles. No sé por qué, pero se me antoja que los ángeles deben pasar algunas temporadas de aburrimiento. Sobre todo, los ángeles canasteros que, por razón de su oficio, Dios les tiene encargado cuidar con esmero a las familias gitanas que todavía hacen honor a su condición de ser ciudadanos del mundo. Por eso revolotean el universo de punta a rabo para protegernos del peligro que supondría perder el gran regalo que hizo Dios a los gitanos cuando creó el mundo: la música. Un día les explicaré como lo hizo el Padre Celestial. Lo sé a ciencia cierta.

Se ha ido Juanillorro, hijo de mi hermana Lourdes, cuando solo tenía 38 años y hacía dos días que había tenido una actuación estelar en la Fiesta de la Bulería de Jerez de la Frontera. Un infarto fulminante acabó con su vida. Y se fue al cielo, con su cara de niño bueno y su mirada limpia dejándonos el eco de su cante canastero que no conoce de ninguna regla flamenca que no sea la del compás.

Reconozco que estoy sorprendido. Miles de personas están haciendo llegar a la familia sus condolencias y tanto mi teléfono como nuestra redacción en algún momento han quedado bloqueadas por las llamadas y los mensajes de la gente más variopinta. Sin embargo, el pensamiento que más me ha hecho crujir ha sido el que he leído en un medio online de Andalucía: “La Plazuela llora a mares la muerte de Juanillorro”. Decir La Plazuela en Jerez es pronunciar nombres sagrados del arte gitano-andaluz: La Paquera, Manuel Torre, Agujeta, Rubichi y tantos otros que solo pueden encontrar réplica en los de Barrio de Santiago como Fernando Terremoto o Manuel Morao.

Hace dos días mi sobrino Israel me envió un WhatsApp con la última aparición pública de su hermano. Quedé tan impresionado que tuve necesidad de compartirlo con mis amigos más allegados y a ellos les dije:

“Queridos amigos (as): dejadme compartir con vosotros este maravilloso chispazo de arte gitano en Jerez de la Frontera. Los dos jóvenes que aparecen en el escenario son mis sobrinos “Juanillorro” e Israel. Ambos son hijos de mi hermana Lourdes y viven, como no, en Jerez de la Frontera. El flamenco es una fuente inagotable de color, de belleza, de improvisación y de arte. Pero cuando se destapa el tarro de las esencias y aparece espontáneo el ritmo frenético, y al mismo tiempo dulce, de la bulería, quiénes tienen la suerte de verlo y vivirlo ya pueden decir cómo el sabio Simeón: Ahora Señor ya me puedo morir en paz porque han visto mis ojos y han experimentado mis sentidos un arte tan maravilloso que difícilmente podrá ser superado jamás en la vida. Perdonadme mi sinceridad al ver bailar y oír cantar a mis sobrinos en Jerez. Ha sido como un chorro de aire fresco para quienes vivimos en esta sociedad en permanente ebullición de Cataluña. ¡Viva los gitanos, viva el flamenco y viva Jerez!”

Quien me iba a decir que dos días después iba a escribir estas líneas desde el tanatorio de Jerez de la Frontera. Por lo que, una vez más, me veo obligado a repetir la despedida que hacen todos los gitanos del mundo que tienen el rromanó como lengua madre: “Te avel lohki leski phuv”. Que quiere decir: “Que tengas una tierra fácil”, es decir, que allá donde estés, Juanillorro, tu estancia sea entre gente buena y alegre.

 

Juan de Dios Ramírez-Heredia
Abogado y periodista