Verdad incómoda

1804
Marcos Santiago Cortés

Estamos asistiendo a una masacre de nuestros mayores en soledad aun mereciendo, no ya un entierro digno, sino homenajes en su adiós porque fueron los bastiones de la construcción de la sociedad del bienestar. Y escribir sobre ello no solo da repelús, sino que el que escribe busca con delicadeza las palabras idóneas para no herir sentimientos. Porque si no, no intentaría ser escritor, es decir, trasmisor de buenas intenciones, sino un vulgar interesado, no de la política, que es preciosa, sino del interés electoral; o sea, un desalmado.

Pero uno no puede dejar de escribir aun a riesgo de ser mal interpretado cuando lo que persigue es que se aprenda de los errores: los mayores que se nos han ido por coronavirus no lucharon para donarnos ansia de tecnología, de querer a ser dioses con internet, de tener todo a mano sin esfuerzo. Por supuesto que no. Lo primero para ellos no era el dinero, ni la tecnología, ni las comodidades. Ni tan siquiera la cultura. Era el sacrificio y la devoción por la familia, que por eso se dejaron el alma y la piel en sus trabajos. Eso de la independencia del individuo no les venía a cuento cuando se vive por y para los que amas. Nunca confundieron la amplitud de la libertad con el derecho a no cumplir con la palabra dada. Para ellos luchar por los suyos era sagrado.

Es cierto que tenemos cosas buenas, muchas y eso también se está viendo con la solidaridad y el compromiso social. Pero de poco vale porque hemos dejado de lado la primera piedra de la civilización como es la unión familiar. Y me da igual cómo sean los miembros de la familia porque en verdad lo que la define no es su modo sino su unión. La mayoría de fallecidos son personas mayores que se encontraban en residencias alejadas de su núcleo familiar. Miren, yo no dudo que hay ancianos que estaban ahí porque no tenían descendencia, o porque su descendencia creía que ahí estaban mejor, o por imposibilidad de ser atendidos por sus seres queridos. O incluso los había que eligieron estar ahí por pena de que murió su cónyuge o hicieron el papel de elegirlo por no dar que hacer. Vale. Pero estoy seguro que otros, demasiados, estaban ahí por rechazo de lo que significa la palabra familia, o sea, por degradación humana.

Y ello ha tenido una fatal consecuencia directa porque como el virus se ceba con las personas mayores y las residencias estaban a rebosar, el contagio ha sido facilísimo; a río revuelto ganancia de pescadores. Si esos ancianos hubieran estado junto a sus descendientes hubieran tenido una oportunidad o en todo caso hubieran aceptado la ley suprema con olor a cariño y no a soledad. Porque la triste verdad es que muchos de ellos y ellas ya estaban solos antes de enfermar.