Antonio el de ‘La Zúa’

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El escritor Antonio Ortega posa durante el acto de presentación de ‘La Zúa’. / Pepo Herrera
Marcos Santiago Cortés

Antonio Ortega Rubio es un excelente periodista con hechuras de artista, además de un imprescindible flamencólogo que se empeñó y consiguió institucionalizar en el Parlamento Andaluz una verdad popular obviada: el origen no tanto territorial (que también) como étnico del flamenco; si no hubiese sido por los gitanos y, tristemente, de sus fatigas, este riquísimo acervo cultural no llega vivo al siglo XVIII, que es la fecha donde empieza a retratarse. Y digo que se conservó gracias a la marginalidad porque durante el medievo, el llamado «Baile de Gitanos» surgió cuando este pueblo se quejaba así de sus condenas gratuitas o se consolaba en la intimidad de tanta incomprensión mediante los cantes festeros. Pero además es un analista social que no solo sabe de los artísticos efectos secundarios de la exclusión sino también de los peores. Y entre unos y otros, miles de honorables historias individuales.

Con estos mimbres escribe La Zúa o, mejor dicho, la compone, dada la extraordinaria musicalidad fonética de la novela. Estamos ante una obra que cuenta, desde los ojos de un niño, las dificultades a las que muchas familias se vieron abocadas durante los años ochenta en las zonas marginales, sugiriendo así que no sería descabellado haber creado en el código penal una atenuante de exclusión social por la comisión de delitos relacionados con la delincuencia de supervivencia en un mundo clandestino presidido por el diablo de la heroína, perennemente tras los pasos de la adolescencia. Y ahí, cerca de una presa que esconde bajo sus aguas mucha desgracia, un niño consecuente no para de trabajar recogiendo hierros, ayudando a un padre que, cansado de la vida, no tiene nada qué contarle pero que canaliza sus ganas de ser honrado a través de la incansable recogida de chatarra. Pero ese niño tiene muy presente la única frase de su padre cuando mientras empujan el carro contemplan trapicheos: «Tú a lo tuyo».

Gracias a la suerte de una inteligencia que nadie apoya, el chico se arrima a la literatura, que lo va haciendo más fuerte para encarar un futuro lejos de las desgracias de la pobreza. El autor demuestra que una novela tan de verdad solo puede salir de una mente que escribe por necesidad vital de denunciar una situación tremendamente injusta hasta el punto de que deja entrever, que él, periodista de los mejores del país, cumplió su sueño.

Antonio, un héroe, traslada al lector que la principal arma contra la exclusión social es la cultura. Pero a la vez, que ningún niño debería ser héroe de nada. Lean esta novela. Pero con cuidado; hay frases que son las bofetadas que esta sociedad merece y que nadie, hasta La Zúa, había propinado.