Camarón y sus gitanos

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Camarón de la Isla es un nombre imprescindible para comprender el cante jondo de la segunda mitad del siglo XX / elmira.es
Marcos Santiago Cortés

Allá por 1981 desde el balcón de mi casa, en el barrio de la Fuensanta, me llegó un quejío glorioso que me reseteó el alma. Entonces casi sonámbulo y tan fascinado como los Reyes Magos tras la Estrella de Belén, con nueve añitos bajé las siete plantas en pos de ese eco y llegué hasta la avenida Virgen Milagrosa, donde había un puesto ambulante de casetes piratas del genio de la Isla, que joven y vacilón aparecía en la foto con un jersey gris deportivo bajo la leyenda: Como el Agua.

Y fue esta canción la que lo catapultó a la fama. Hoy se habla mucho de La Leyenda del Tiempo como punto de inflexión, pero no es así. La idolatría a Camarón lo significó la canción de Como el agua que me fascinó y me hizo bajar las escaleras como un zombi en busca de vida. Como me pasó a mí, le pasó a toda la juventud gitana. Ya sé que José Monje Cruz le gusta a todo el mundo, pero es que su relación bilateral con el pueblo gitano es mágica y única; también fueron artistas increíbles Caracol o Carmen Amaya, pero no consiguieron erigirse como fenómeno sociológico en la antigua raza de bronce, un colectivo humano que nunca hasta entonces había tenido fanatismo por nada ni por nadie y menos por un artista. Y es muy normal esto porque los artistas en este pueblo eran y son algo cotidiano.

Y lo cotidiano no se adora. Camarón podría haber sido uno más, pero Dios decidió que fuera pura metafísica para los gitanos. Yo experimenté esa misticidad individual y a la vez histeria colectiva en el Teatro Góngora, en su última etapa, donde físicamente tenía carencias, pero rebosaba leyenda. Porque solo un ser legendario de verdad y no de producto, llena plazas de toros sin márketing ni músicos, tan solo con la solitaria guitarra de Tomatito que bien parecía su escudero que le recordaba continuamente el mundo terrenal.

Ayer hizo 27 años que murió físicamente pero su presencia en las casas de los gitanos es perenne. Tanto que en los hogares y en los pechos cuelgan cuadros y medallas de Camarón con su pelo largo y su barba como si fuera un santo hasta el punto que muchos de sus seguidores miden el tiempo antes y después de 1992. Por eso, por el sumo respeto que le profesamos y por la difícil situación social que tiene buena parte de este pueblo que es el mío, quiero cambiar el chip y aprovechar al genio desde otro prisma: recuerdo una entrevista a Camarón que me marcó y que guardo en un cajón, donde un periodista le pregunta sobre si le gustaría que sus hijos siguieran sus pasos y él sin pestañear contestó que su alegría es que estudiaran. Ojalá el pueblo gitano descubra de una puñetera vez esa alegría que anhelaba su mejor ídolo y vea los libros tan importantes como los quejíos.