Retirados al nacer

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Marcos Santiago Cortés

Una de las principales funciones de la democracia es conseguir el progreso de los más vulnerables y, por tanto, de los menores en riesgo de exclusión. Y así, con recursos públicos se intenta proteger a los niños de aquellos entornos ambientales que les son claramente desfavorables. Y cuando esta situación no responde a las ayudas provisionales y recursos ambulatorios, se incorporan los llamados «Expedientes de Desamparo», que tratan de rescatar y amparar a los niños de situaciones muy perjudiciales provocadas por una familia sanguínea supuestamente irresponsable (aunque a veces las situaciones superan al más pintado, que no todos podemos ser héroes sociales ante la adversidad heredada).

Si el control ambulatorio no resulta, los niños pueden ser mudados a un lugar de acogimiento destinado a velar por una evolución adecuada hasta el punto de que, si los padres no muestran un cambio para bien, ese menor puede ser entregado en adopción para cambiar ese supuesto mal destino que se le avecina. Pero tengo que decir que las acciones públicas en ese sentido están llenas de agravios comparativos y distintas varas de medir. Sé que es un trabajo difícil, pero arrebatar a un niño de su familia no permite ningún error de diagnóstico porque la familia en la sociedad democrática es también un valor de primer orden social. Es cierto que al estado de derecho hay que darle una presunción de credibilidad. Pero eso no quita que se equivoque.

Y por eso, todos los expedientes de desamparo deber tener en cuenta que quizá la madre desampare al hijo porque ella misma también lo está y, por tanto, lo que compete será una ayuda integral y transversal. Lo digo porque ya se dan demasiados casos de retirada de niños nada más nacer en la mismísima habitación del hospital. Esto no puede seguir así por mucho que las autoridades velen por el bienestar de nuestros hijos.

La maternidad es algo tan grande que bien puede provocar un cambio sustancial de la mujer que lleva mala vida. Pero hay más: le pregunto a las autoridades que ordenan nada más nacer arrancar al bebe de los brazos de su madre para protegerlo de ella, que si tanta urgencia tienen, ¿por qué no le rajan la barriga y se lo llevan a los siete meses que ya el feto está formado? Sencillamente porque el entorno más favorable del retoño no es la Junta de Andalucía o el hogar de San no sé qué, sino el vientre de la progenitora. Pues ya solo por respeto a ese vientre ninguna institución pública tendrá motivos suficientes para llevarse a un recién nacido del pecho que mama; hay que apurar una oportunidad más.

Decía Hegel que la realidad siempre hay que respetarla por el menor hecho de serlo; fuera como fuera. Pues el acto de parir es la realidad más respetable que hay y por ello retirar a un niño de su madre nada más nacer es un acto antinatural, antidemocrático, intolerable e intolerante.